Reseña crítica a propósito de

Las manos negras



10.11.1996 | Julio A. Mañez-(El País)

El magnífico trabajo realizado con los actores (es probable que Caries Pons nunca haya estado mejor que en el papel que aquí desarrolla con una concentrada soltura), en uná puesta en escena que resulta estimulante y muy divertida a medida que se va asentando en un repertorio de gestos, guiños y apartes fingidos que, aun proviniendo de diversas matrices estilísticas y de tradiciones distintas, logra en su desarrollo una sorprendente coherencia.


Un vodevil chaplinesco 

 

Eugéne Labiche es un maestro en esa clase de enredos improbables con forzado final feliz que tanto habría de alimentar a la primera época del cine mudo y al segmento más popular de los espectadores con sus argumentos de folletín de conclusión dulce.

 

El enredo proviene en Les mans negres de una tremenda bo-rrachera que provoca lagunas de memoria sobre los indicios de un posible asesinato casual cometido en la juerga de la noche anterior por una pareja de amigotes.

 

Ese material, que podría derivar hacia el escalantismo en manos de otro director (de hecho, está a punto de discurrir por ese camino en sus primeros compases), le sirve a Rafael Calatayud para internarse con provecho en el territorio que le gusta, que es el de la ambigüedad de las conductas y los juegos narrativos que proporciona la comedia.

 

Una vez más, se mueve con soltura, y con brillantez en muchos momentos, en una maraña de enredos semicómicos que son comentados o subrayados por algunos números musicales, más a la manera de la comedia americana que a la que se atribuye a la zarzuela.Un dispositivo escénico muy económico en su función narrativa arropa perfectamente el juego de entradas y salidas de per-sonajes característicos del género. 

 

Montaje divertido

 

Más interés que estas generalidades tiene el magnífico trabajo realizado con los actores (es probable que Caries Pons nunca haya estado mejor que en el papel que aquí desarrolla con una concentrada soltura), en uná puesta en escena que resulta estimulante y muy divertida a medida que se va asentando en un repertorio de gestos, guiños y apartes fingidos que, aun proviniendo de diversas matrices estilísticas y de tradiciones distintas, logra en su desarrollo una sorprendente coherencia.

 

Quizás sea ése el aspecto más relevante del trabajo de Rafael Calatayud. Un trabajo que, aunque magnifica las intenciones del texto en el programa de mano, potencia de manera solvente las . limitadas posibilidades de la obra. El resultado es un montaje divertido y hecho —se nota— con cariño. No es tan frecuente.



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