Reseña crítica a propósito de

Las manos negras



09.11.1996 | Enrique Herreras-(Levante)

La carpintería teatral está perfectamente impresa. Y, en subrayado, los actores como conjunto, destacando la interpretación de Caries Pons y la corporeidad y voz de Mamen García.


Perfume de opereta 

Últimamente se está sobre-dimensionando el teatro de la segunda mitad del XIX. Tal vez sea causa de un cierto sentimiento de pérdida, de saturación de vanguardias y, por ello, el retorno a los orígenes de lo popular. Aquel teatro caricaturesco al gusto pequeñoburgués, frente a los dramones de la alta burguesía. Aquel teatro en que, de pronto, los actores se ponían a cantar canciones ligeras, como alternativa a la ópera. Aquel teatro donde las puertas adquirieron protagonismo, al ser motores del ritmo, de las sorpresas, de las apariciones inoportunas... Aquel teatro como el de Eugéne Lablche, autor francés y auténtico catedrático del vodevil. Y de ciertos tonos picantes (para la época), contra la apariencia. Autocrítica burguesa. Y ya me dirán si no es fuerte. que un marido encuentre a un hombre en su cama, y no re-cuerde qué ocurrió la noche anterior. Y más si se entera por su mujer de que esa noche asesinaron a una carbonera, siendo que él y su nuevo amigo tienen los bolsillos repletos de carbón. El añadido de un criado, de un personaje inoportuno, y ya está planteado el enredo. Ingenuo enredo para los ojos de hoy, antigua estructura mil veces vapuleada por la modernidad, pero con unos dignos elementos básicos del humor.

Y eso es lo que hay que transmitir, sin más historias. Porque una cosa es buscar la dimensión de este teatro y otra darle más importancia de la que tiene. Y en esto último, creo, ha caído un poco Rafael Calatayud, el director. Se ha empeñado más en conformar una estética, en bañarlo con un perfume (¿,de opere-ta?), que por trasmitir los resortes básicos. Se le han buscado, por tanto, más pies al gato, y se han obviado, en parte, los originales: la frescura (el texto recuerda lejana-mente el cine de Jean Renoir) y el ritmo. La causa de que la segunda parte decaiga, al presentarse todo más decorativo que orgánico, después de una muy brillante primera.

Y si el ambiente, por poner un ejemplo, hubiera sido tan ardiente y frívolo como la última canción, los aplausos del público no hubieran sido moderados, sino que se habría, pienso, hasta pedido una oreja. No fue así. De cualquier modo, son aspectos corregibles (al montaje le falta rodaje y le sobran los micrófonos) porque los ingredientes, la carpintería teatral está perfectamente impresa. Y, en subrayado, los actores como conjunto, destacando la interpretación de Caries Pons y la corporeidad y voz de Mamen García. Sólo Juli Cantó, aun habiendo formalizado bien el personaje, se queda a un punto de convencer: recurre demasiado al grito y sobregesto para obtener comicidad. Tiempo al tiempo. 

 



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