Reseña crítica a propósito de

1 hora y 1/2 de retraso



05.08.2014 | Lorenzo Molina-(El Hype)

Tras esa hora y media de terapia, ellos (los personajes) y nosotros (los espectadores) salimos con la felicidad dibujada en el rostro. Ellos porque parece que por fin pasó la tormenta y nosotros porque nos hemos divertido mucho con los truenos. 


Terapia de trueno 

Ella sufre una crisis existencial y necesita hablar con él ahora. Sí, ahora. ¡No! No puede ser después de la cena, tiene que ser ahora. 

Bien pensado una hora y media de retraso para llegar a una cena entre amigos no sería motivo para que la amistad se fuera al traste. Sobre todo si ese tiempo se emplea para sofocar un conato de incendio espiritual que amenaza con quemar una vida (o lo que le queda de ella a Laura) y, por ende, la relación que mantiene con Martín, su esposo desde hace más de 30 años y padre de sus hijos, quienes por cierto ya han volado del nido, detalle éste nada desdeñable en la trama de la obra. 

Después de hacerle esperar un rato, cumpliendo con ese desagradable tópico que siempre suele aparecer en estas situaciones, y cuando ya están a punto de salir de casa, ella se enroca en la idea de que no quiere ir a esa cena. La razón que esgrime finalmente es que sufre una crisis existencial. Ya se marcharon a vivir su vida todos los hijos y ahora ella, señora de su casa desde que se casaron, se siente una inútil, su mundo se desmorona y necesita hablar con él. Ahora, sí. No puede ser después, a la vuelta de la cena. No. Tiene que ser ahora. 

Este es el escenario en el que Rafael Calatayud y Victoria Salvador se proponen enseñarnos, con un gran trabajo actoral, que el entendimiento es posible aun en esos momentos en que la vejez acecha a la vuelta de la esquina, esos momentos en los que la falta de estímulo para seguir en la pelea puede acabar en una frustración vital. El texto de los autores franceses Gerald Sibleyras y Jean Dell plantea la situación con sencillez y premura: Ella acaba de arreglarse y, como ya no puede retrasar más la impaciente espera de él, decide desatar la tempestad. 

A partir de ahí inician una revisión de sus vidas en la que ambos demuestran que, a pesar de lo que pueda parecer, el paso del tiempo no ha resquebrajado la solidez de su unión. Discuten, se confiesan verdades y mentiras, y teatralizan sus respectivas costumbres y manías. Pero lo sorprendente es que lo hacen con buen humor y, sobre todo, con cariño y sin rencor. No hay reproches hirientes ni veneno en sus palabras. Y ahí está la clave de la comedia (podemos llamarla así) y del desenlace de la obra. Tras esa hora y media de terapia, ellos (los personajes) y nosotros (los espectadores) salimos con la felicidad dibujada en el rostro. Ellos porque parece que por fin pasó la tormenta y nosotros porque nos hemos divertido mucho con los truenos. 

 



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