Reseña crítica a propósito de

Bebé



02.10.2007 | Sofía Basalo-(culturalianet.com)

“Bebé” nos habla desde el humor negro, desde la crítica mordaz e irónica, desde la carcajada contenida que nos deja un amargo sabor a cotidianidad y rutina; un sabor familiar, conocido y, a veces, propio; el remordimiento culpable de quien se ha reído de algo por lo que no debía...


La infancia nos hace tal como somos... y nosotros desde nuestro ser, tratamos de convertirnos en lo que "una buena intención” dejó a medias...
“Bebé” habla de los efectos “principales” de los miedos, de las inseguridades, de los complejos, de las autoexigencias, del deseo enfermizo por instalarnos en una perfección que a menudo sólo nos ofrece insatisfacciones, frustración e infelicidad.
“Bebé” nos habla desde el humor negro, desde la crítica mordaz e irónica, desde la carcajada contenida que nos deja un amargo sabor a cotidianidad y rutina; un sabor familiar, conocido y, a veces, propio; el remordimiento culpable de quien se ha reído de algo por lo que no debía...
Los protagonistas son una joven pareja de padres desequilibrados, neuróticos e inseguros que no están preparados para la paternidad; aún así, acaban de tener un hijo del que ni tan siquiera saben determinar su sexo. El resultado de tan explosivo cóctel es “Natacha”, un niño educado como una niña durante quince años; un adolescente que ha crecido tras las huellas erróneas de una educación equivocada y enfermiza; un joven que después de diez años descubrirá que más allá del recuerdo inconsciente de un autobús y una canción de cuna está Él... y su poder para cambiar el determinismo castrante de una mala aunque “bien intencionada” educación.
Por cuarta vez, Rafael Calatayud lleva a escena un texto de Christopher Durang; ágil, actual y desternillante. Su análisis sobre las relaciones personales y la sociedad en la que “sobrevivimos” es demoledor. Los personajes, más reales cuanto más caricaturizados, dejan sobre el estático y desvencijado espacio una deficiente humanidad para la que no cabría imaginar un final feliz, si no lo hubiera previsto el mismo autor.
Los seis intérpretes abordan el texto con brillantez y soltura, manteniendo en todo momento el ritmo que éste requiere. Lola Moltó, como la peculiar niñera, posteriormente una singular madre de familia y por último una excéntrica directora de colegio, está soberbia, plena de matices y “terroríficamente” divertida. Marta Belenguer y Juli Disla, la joven e inestable pareja, reflejan una interesante variación en el matiz de sus personajes; si en un principio resultan irrisorios, infantiles, casi estrambóticos... poco a poco nos irán mostrando su rostro más patético, más conmovedor por así decir, hasta culminar en el momento en que Flora, la madre de Natacha, se despide de su hijo, con un abrazo intenso... “con la buena intención no basta” dice en un momento ese hijo-hija confundido y alguna vez resentido... Sí basta con la buena intención... tal vez, porque en familia, ningún pecado sobrepasa el perdón...
El final, como hemos apuntado, es feliz. Natacha, ahora Iván Karamazov, es padre... dejará de ver a sus progenitores durante un largo período de tiempo, en el que se ocupará de vivir con la madre de su hijo... del que por cierto sí conoce el sexo... Intentará dejar en él algo más que buenas intenciones, algo más que vagos sentimientos envueltos en equívocas palabras, algo más que caprichosos sueños que no obedecen más que a una individualidad descontenta y recurrente... intentará dejar en él algo más que un perdón dibujado en sus ojos “por si acaso”... no hay libro de instrucciones para vivir, para ser padres, para recordarnos que no somos víctimas y que en nuestro interior vive la ilusión del cambio... pero sí tenemos el bolígrafo y el papel (el ordenador) para escribir nuestro propio libro... seguramente nos sale bonito... aunque tengamos que vernos obligados a escribirlo en un salón desvencijado, descolorido, viejo y arrugado... como la casa de Flora, Max... y Natacha...



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