Reseña crítica a propósito de

Una jornada particular



01.02.2011 | Enrique Herreras-(Levante)

La presencia de los actores, su sincrónia con los personajes y, sobre todo, sus miradas no dejan de hacerme cosquillas, de producir alguna risa entre una pila de sentimientos que conmueven y remueven. Sentimientos de gran teatro.


Según dijo Ettore Scola en una entrevista, su cine se aleja del americano  ya que si en aquél predomina la identificación, en el suyo sólo hace al público un pequeño requerimiento: que se acerque a los problemas de los personajes asumiéndolos en lo posible. Precisamente ésa es la base y la altura de su bellísimos filme, Una giornata particuale (1977). Desde una visión moderna, esta película rememoraba lo mejor del neorrealismo italiano, y daba cuenta del fascismo italiano desde la vivencia particular de dos seres ajenos a los desfiles de Mussolini: una mujer malmaridada, y un activista político y algo más.
         No es la primera vez que esta emotiva historia de deseo, amistad y amor en tiempos revueltos llega al teatro. Por ejemplo, Josep Mª Flotats, ya la llevó en 1984, en uno de sus primeros estrenos en su regreso a España. Pero,  ahora, hay diferencias en la particular versión de Rodolf Sirera: la mirada íntima y emotiva trascurre en la posguerra española. También en la impecable propuesta escénica de Rafael Calatayud, donde el lenguaje cinematográfico se une al teatral en una mezcla bastante atractiva y resolutiva. Como el espacio escénico en el que se une todo, sin puestas ni muros, pero siempre rodeado, agobiado de realidad.
         Más allá de esto, la obra pide una gran estatura interpretativa. En este aspecto sólo diviso una pega, el personaje de la portera creo que es demasiado tópico, tanto en el texto como en la interpretación de Laura Useleti. Podría haber sido más ambiguo, aun con camisa azul. Peguita si tenemos en cuenta que Rafael Calatayud  y Victoria Salvador dan muestra de una notable madurez actoral. Dos intérpretes que parecían engullidos por la realidad valenciana, pero, últimamente, han sido recuperados, demostrando esa talla que algunos sospechábamos. 
Su presencia, su sincrónia con los personajes y, sobre todo, sus miradas no dejan de hacerme cosquillas, de producir alguna risa entre una pila de sentimientos que conmueven y remueven. Sentimientos de gran teatro.



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