Reseña crítica a propósito de

El milagro de Anna Sullivan



08.11.2001 | Enrique Herreras-(Levante)

Un milagro Escénico


La presente obra de William Gibson nos da una gran lección de amor y pedagogía, como diría Unamuno. Y lo hace a partir de contar la primera etapa de la vida de Hellen Kéller, nacida a finales de 1880 y que, a los 19 meses, a causa de una enfermedad, quedó ciega y sorda. Pero con las predisposiciones humanas intactas.

Predisposiciones no comprendidas por unos familiares cuyo amor y piedad hizo que la niña creciera como si fuera una mascota de la casa. Y si ya en los casos normales la pedagogía es un asunto complejo, más en estos donde la imaginación, razón e inmenso trabajo deben superar al simple autoritarismo, o a los simples consentimientos, los caminos más fáciles y más habituales. Y saco a colación estos efectos colaterales porque la acción pedagógica de Anna Sullivan, la otra protagonista, me interesó más allá de la concreción del caso, más allá del logro con Helen, al pasar de aprender a comer con cuchara (magnífica escena) a ser una intelectual de la época.

Y eso que la historia es bien conocida, sobre todo a través del cine, pero no tanto para el público adolescente, para el que está diseñado el espectáculo. Aún así, es recomendable a todo tipo de público, volver a vivirla, por lo que expresa y por la impecable teatralidad del montaje. Otro milagro escénico de la Escalante. Todo parte de una versión (Rodolf Sirera) muy didáctica, en el buen sentido de la palabra, es decir, concreta y clara, y todo termina en una irreprochable dirección escénica de Rafa Calatayud.

La resolución a través de imágenes filmadas de algunos momentos es de una belleza y una efectividad asombrosas. Lo mismo que el modo en cómo están resueltas las distintas escenas teatrales.

Pervive una justa mezcla de amenidad e intensidad emocional. Jamás sale un tono melodramático de más. Solo hay una historia bien contada y bien interpretada por el elenco en pleno, en especial el matizado trabajo de Gemma Miralles y la ajustada gestualidad de la joven Rebeca Valls, toda una revelación.



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