Reseña crítica a propósito de

El milagro de Anna Sullivan



08.11.2001 | Javier Jiménez-(Qué y Donde)

Los milagros de la Escalante


El Centro Teatral Escalante cede sus reservas de magia, cada vez hay menos en esta ciudad, este inicio de temporada a la compañía La Pavana. De generosa y merecida selección esta sala cuenta cada año con una compañía reconocida en nuestro teatro que está obligada a mejorar o por lo menos a igualar una trayectoria que cada vez crece más en calidad y reconocimiento. Sin ningún tipo de rodeos y con una convicción plena digo que este montaje dirigido por Rafael Calatayud alcanza con mucho los dos objetivos primordiales para este teatro: el primero hacer buen teatro, cómo no, y el segundo hacer buen teatro para un público infantil, algo más difícil esto último. Es por eso que uno prefiere ver una función de mañana cuando las filas de niños y niñas suben por la calle Caballeros y se pierden al poco por uno de los callejones que giran. Los niños y las niñas en aquella mañana estaban con las miradas apretadas y expectantes en un escenario que cuenta la historia de Hellen Kéller (Rebeca Valls), una niña que queda ciega y muda al poco de nacer. La familia, desesperada y desanimada, busca a una joven institutriz para que eduque a su medio niña.
Anna Sullivan (Cristina García) traduce un duro aprendizaje en una lección de esperanza conmovedora. Una historia bien cuidad y muy bien contada. Incluso los fragmentos de vídeo que apoyan las escenas están atadas a la continuidad de la trama sin dejarnos sueltos ni un momento. En conjunto nos encontramos con un reparto de gran nivel pero por razones obvias, debo destacar el comprometido trabajo realizado por una Rebeca Valls y una Cristina García que lo tienen a uno pegado a la butaca y sin perdón.
Me temo que esto huele a premio. Increíble también como funcionan, casi imposible para este tipo de público, las escenas no habladas que duran y duran y no dejan de contarnos cosas. Tenemos aquí un trabajo íntegro que necesita de su historia, real por cierto, y eso se agradece. Rodolf Sirera adapta de William Gibson una pieza que podría haber sido un dramón infumable en una hora media de pura atención y emoción. No sería una locura decir que nos encontramos con uno de los mejores espectáculos que vamos a ver este año, para público infantil y no tanto. No se lo pierdan.



Más información en www.lapavana.com