Reseña crítica a propósito de

Una jornada particular



18.04.2013 | Sébastien Rampon-(El Club Express)

Victoria Salvador y Rafael Calatayud retoman los papeles de Sofía Loren y Marcello Mastroianni en Una jornada particular, una conmovedora adaptación para el escenario de la película de Ettore Scola, en el Echegaray.


Madrid. 1940. Rafael Catalayud es Gabriel, un ex locutor de radio a punto de ser deportado por su homosexualidad. Su vecina Antonieta (Victoria Salvador) es una convencional ama de casa cuya visión del mundo va a verse completamente cuestionada tras su encuentro con este hombre estigmatizado por la sociedad e infinitamente solo. En la adaptación, por Rodolf Sirera, del conocido filme de Ettore Scola, la acción se traslada de la Italia fascista de 1938 a la España franquista de 1940. Asimismo, la visita política de Hitler a la Italia de Mussolini se convierte en la de Himmler a Madrid. El telón de fondo histórico está hispanizado, pero cumple las mismas funciones que el original. La inesperada relación entre dos seres a los que todo separa, a pesar de que son vecinos, es la confrontación entre dos mundos, dos vertientes contrapuestas de la sociedad de posguerra –uno establecido, el otro más clandestino– que al final, van a conseguir convivir, es más, entrelazarse. Si bien esta versión teatral, producida por La Pavana, de Una jornada particular no consigue hacernos olvidar la emocionante cinta del director italiano Ettore Scola, cumple más que bien con su objetivo: conmover a través del determinante encuentro entre dos soledades, dos destinos individuales, cada uno a su manera superados por los acontecimientos: el poder dictatorial, la represión, y la instauración de una sociedad uniformizada y dócil. Para reforzar el paralelismo entre los acontecimientos externos y la acción doméstica, la escenografía de Jaume Pérez se dota de proyecciones de pantalla que puntualizan lo que ocurre en el escenario. Así se abre el montaje con una secuencia con la familia de la protagonista, una manera de situarla en su entorno íntimo, pero aun así como dentro de una dimensión aparte. Ella de verdad existe en el escenario –rudimentario: una mesa de comedor para plantear el hogar de ella, un escritorio para él–, pues será este espacio cotidiano, esta intimidad fugaz con un hombre víctima de su tiempo los que la revelarán a sí misma, y le harán cuestionarse sus certidumbres y valores. Luego, la pantalla la protagonizarán Himmler, Franco y la multitud que se ha desplazado expresamente, como la familia de Antonieta, para asistir a su histórico encuentro. Un telón de fondo en sentido propio y figurado, en suma, pero que refuerza la unidad física entre los personajes, al distanciarnos de lo que no pasa en el primer plano. Como mucho, el dialogo se ve regularmente interrumpido por las intempestivas visitas de una portera cotilla y entusiasta adicta al régimen, bien interpretada por Eli Iranzo. Las videoproyecciones resultan, pues, un efecto eficaz, además de dar paso a toda la fuerza interpretativa de los actores: el eléctrico Rafael Catalayud, todo ambivalencia, dispone de esa mezcla de autoridad y fragilidad necesaria para su atormentado y rebelde personaje. Pero es sin duda Victoria Salvador quien se lleva la palma de la emoción. Primero risueña y relativamente despreocupada, la mujer positiva que lo aguanta todo va a doblarse al contacto de un hombre tan violento como seductor con ella. La actriz aprovecha todos los rasgos de carácter y matices que le proporciona un auténtico papelón de personaje progresivo, y nos permite constatar toda la amplitud de su talento. Es simplemente sobrecogedora en un papel de mujer víctima de su ignorancia y pasividad, pero que va a aprender a ser ella misma al conectarse con un hombre de costumbres a priori tan ajenas a las suyas. Precisamente, si bien la obra conmueve con su edificante argumento y su dúo de actores con buena química, tampoco era imprescindible tejer una historia de amor físico entre ellos. Es cierto que si bien la secuencia parecía provocadora en la época en que se Scola rodó su película, hace 35 años, hoy en día, cuando se adopta por ley el matrimonio gay en cada vez más países del mundo, el climax de la relación sexual parece demasiado trillado. Además, se podría interpretar como la justificación hetero-orientada del personaje de Gabriel. Como si tuviera que demostrar su virilidad, para decir “veis, soy un hombre de verdad: me puedo acostar con mujeres.” No es la mejor idea del guión original, ni mucho menos, pero es solo una opinión. Y tampoco perjudica la emoción general y el placer que uno recibe al ver esta bien llevada y entrañable Jornada.



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