Reseña crítica a propósito de

Supongamos que no he dicho nada



20.09.1983 | Vicente Sanchis-(Desconocido)

Tal vez dirán algunos que el cúmulo de tanta pasión desorbitada sobrepasa la calidad estética de la propuesta. Nosotros, sin embargo, quisiéramos añadir que la ingenuidad de la hazaña nos deja maravillados.

 


La Pavana. Cabaret de suburbi

 

Como era de esperar (no sucede siempre, que conste) Jesús Ros Piles, diputado de Cultura de la Conselleria asistió al estreno. Dio prueba así de un apoyo real a este ciclo de teatro valenciano que se inauguraba esa misma noche en la Sala Escalante. Y esto es un dato que conviene tener en cuenta ahora que ciertas voces, las mismas que jamás se han interesado por el teatro, el cine o el arte lamentan ese «dispendio».

En cuanto a La Pavana, su espectáculo intenta combinar (en una especie de estética «kitsh, no siempre lograda) dos aspectos —lo siniestro y lo cursi—, nociones ambas que sustentan dicha representación escénica. En este sentido, aunque los textos son de autores tan dispares como Boris Vian o Arniches, por citar dos ejemplos bastante significativos, se consigue una coherencia estética plausible, no óptima, no totalmente ajustada por lo que se refiere a la interpretación, al ritmo, a la propia creación de los personajes reflejados. Hemos de lamentar la sustitución en el cuadro. Y quinto (titulado «Sans titre») del actor Jaime Pujol, por José Gabriel Torrero que ahora aparece. Y es que nos parece más afortunada, más carnal, más viscosa (y creíble) la imagen de chulo de barrio que trabajosamente había logrado «reproducir» Jaime en una actuación. Y nadie tiene que sentirse ofendido, menos todavía José Gabriel Torrero, porque constatemos que su personaje no nos convence, una vez establecida la comparación (odiosa, como todas, pero que no nos resistíamos a omitir).

Otro aspecto muy relevante del espectáculo es la contraposición que se efectúa entre lo sórdico (las condiciones miserables de vida) y la engañosa brillantez de un «music-hall» hollywoodiense, todo ello distorsionado por una gestualidad aparatosa. Es como si se hubiese infiltrado algún personaje felliniano (y esto conectará con una estética mediterránea espléndida en su locuacidad) en ámbitos siniestros y repulsivos. El espectáculo, nada pretencioso ni intelectualizado, parece transcurrir con rapidez. Apenas nos dejan percatarnos de los continuos flashes humorísticos que lo caricaturizan. «Supongamos que no he dicho nada», es como una especie de caricatura, un juego destinado a relativizar la solemnidad de los grandes conceptos, eso sí, todo está hecho con profesionalidad, amor y respeto por el actor. Y también, con una visión acertada del desafío impuesto por unos textos tan literarios que pierden, en su misma enunciación, la supuesta univocidad de su significado. Como es el caso del texto de Muñoz Seca, «Una que no sirve», donde Rosana Pastor, candorosamente, subvierte la cursilería del personaje con esa mascarada de comedia americana debidamente puesta en entredicho.

Con todo, ya es un buen trabajo, muy estimable atreverse a dar una dimensión teatral y estética a textos tan diversos en contenido y estructura formal. La música desempeña un papel importantísimo. Ha existido buen gusto y tino a la hora de seleccionar: Richard Rogers, Delaney, Hardy-Melrosa, Hanley, Boris Vian, Lleo-Cadenas-Lear, Sandy Wilson, Henry Mancini, John Gkander, Saint Saens. Citamos todos los nombres porque es justo destacar la impronta que su música deja en cada uno de los nueve cuadros, desde el primero, «Tengo confianza en mí», hasta el último, «Historia de Titiro».

No quisiéramos terminar estas líneas sin hacer mención especial al director Rafa Calatayud, cuyo sentido artístico acerca del «music-hall» queda patentizado a lo largo de todo el espectáculo.

Y decir que el homenaje al cine mudo en el cuadro tercero. «En la película», nos parece delicioso, entrañable, exquisito (a pesar de la iconografía sórdida que lo acompaña).

Sin duda, «supongamos que no he dicho nada» (últimas palabras de la historia de Titiro) es un título que queda superado en su significación tras ese incansable esfuerzo de los actores. Dicen y mucho, muy a tono y en consonancia con ese mundo inefable de los mitos soñados, las pesadillas delicuescentes, los arrebatos fulgurantes de la ansiada gloria, hoy entrevista, hoy apetecida. Se desata toda la fuerza de los sentimientos y la pasión por la comedia musical. ¿Nos equivocaríamos si hablásemos de «Supongamos...» como de una fotonovela escenificada donde Nazario esparce sus criaturas diabólicas y excelsas? Corín Tellado. un suponer, ¿no hubiera aplaudido esta forma tan cursi de profanar los mitos? Supongamos que sí.

Tal vez dirán algunos que el cúmulo de tanta pasión desorbitada sobrepasa la calidad estética de la propuesta. Nosotros, sin embargo, quisiéramos añadir que la ingenuidad de la hazaña nos deja maravillados.

 



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