Reseña crítica a propósito de

Estimat Mentider



14.11.1992 | Joan-Antón Benach-(La Vanguardia)

Estamos aludiendo, con toda probabilidad, a una cuestión de estilo. Pienso que Pep Cortés e Isabel Rocatti ejecutan un muy digno trabajo. pero, también, que erró el director buscando una excesiva dinamización de la pieza.


Una cuestión de estilo

 

La primera edición de "Dear Liar" de Jerome Kilty es de 1960 y, en algún rincón del divino tesoro de su juventud, muchos lectores recordarán la versión presentada en Barcelona muy pocos años después. El epistolario entre Bernard Shaw y Patrick Campbell, la actriz y amiga del escritor, dramatizado por Jerome Kilty. lo interpretaban Fernando Fernán Gómez y Conchita Montes. De aquel "Mi querido embustero" no me ha costado recordar a Fernán Gómez, quien nos puso en ese túnel del tiempo meses atrás, en. la sesión programada por Olimpíada Cultural en el Poliorama, donde el actor rescataba uno de los fragmentos más crepusculares y hermosos de aquella correspondencia.

De joven. siempre recelé de la crítica que, para cuestionar un determinado trabajo, se refería a gestas escénicas paralelas muy pretéritas como un no va más. Me sonaba a lo de las batallitas del abuelo, que se escuchan con tedio y escepticismo. Creo que los bastante o muy adultos —por usar un benévolo eufemismo— deberíamos rechazar, por un cierto rigor metodológico, la esclavitud de la foto fija puesto que, de lo contrario, cabe llegar a conclusiones tan injustas y desatinadas como, por ejemplo, esta: ya que Pep Cortés está a años luz de la sobria ironía, del señorial aplomo, de la airada. dignidad de Fernán Gómez, y parecida es la distancia que habría entre Isabel Rocatti y Conchita Montes, ese "Estimat mentider" que nos llega del Centre Dramátic de la Generalitat Valenciana, no vale, sencillamente, nada. Y, claro, eso, me parece a mí, no es verdad. Los déficit que registra la propuesta no merecen un deshaucio tan expeditivo.

 

Desconfianza en la palabra

 

A partir de una traducción de Rodolf Sirera y Empar Giménez que "suena" muy bien, diría que el director Rafael Calatayud ha caído en lo que es un "pesimismo" bastante habitual en jóvenes directores. Me refiero a la desconfianza que existe en la palabra monda y lironda, en el verbo bien estructurado y que apela a sutilezas intelectuales y, además —como aquí ocurre— a sentimentales filigranas de considerable entidad. Se desconfía de ello, y entonces surge la tentación de "comediagrafiar" un "pas a deux" dialéctico, con el propósito de insuflarle alguna amenidad, consiguiendo, paradójicamente, un aburrimiento inapelable. Lo que funciona peor en "Estimat mentider" es, de hecho, la inquietud semoviente de sus protagonistas, sus idas y venidas por un espacio escénico descompuesto—castigado por errores de iluminación flagrantes—, las alusiones a viajes, a playas que se pretenden rememorar con el extemporáneo caracol que se saca de una bolsa de viaje... Ya sé que parte de esa "acción" se halla en las acotaciones de Kilty, pero es la forma bulliciosa de expresarla, de exagerarla lo que, justamente, el espectador menosprecia con razón; mientras, por el contrario, parece entender y degustar los mejores momentos de la pieza, en el fralmento monnlogante n en el uirgo y reposado diálogo epistolar.

Estamos aludiendo, con toda probabilidad, a una cuestión de estilo. Pienso que Pep Cortés e Isabel Rocatti ejecutan un muy digno trabajo. pero, también, que erró el director buscando una excesiva dinamización de la pieza. Allí donde Shaw y Campbell escenifican los prolegómenos de "Pigmalión" brillan, incluso, equivocaciones garrafales de comedieta barata. Rafael Calatayud no logra, en fin, que los dos personajes envejezcan debidamente. No basta ponerle un bastón al anciano George y una luz mortecina sobre la declinante actriz para que el efecto funcione. Hay pasajes de una cálida emotividad, pero el resultado es un apreciable sopor, servido muy a pesar suyo por un excelente actor y una muy esforzada actriz.

Ambos recibieron la larga ovación del poco público que quedó al final del espectáculo y que, quizá por vez primera, no logró copar el aforo del Lliure en una noche de estreno. Preocupa más ese dato que las deserciones habidas en el entreacto. Cabe esperar, no sea ningún indicio del posible desánimo que pesa sobre la gente del Lliure por mor de los graves titubeos que las instituciones públicas parecen mantener en torno a la nueva etapa, prevista y programada, de este teatro.



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