Reseña crítica a propósito de

Pánico contenido



05.11.1995 | Jaime Siles-(Blanco y Negro)

Pánico Contenido es una comedia hipérrea. más que naturalista, construida con acierto y montada, toda ella, sobre la mujer y sus vivencias, sus fantasmas y su tono confidencial.


 

El 27 de enero de 1907, el joven Ortega y Gasset, en una carta dirigida al cuarentón Don Miguel de Unamuno le dice, a propósito de as elecciones alemanas, lo siguiente: " No creo que la inocencia de una mujer podría aquilatarse mejor que de ningún modo, viendo por un agujero como se mueve en tanto se viste a la mañana en el secreto de su cuarto». Ese. y no otro, parece ser el punto de vista de Clare McIntyre que, en Pánico contenido, lo adopta como perspectiva y lo transfiere como ángulo de visión. Su comedia se inicia n en una cocina ni en un despacho ni en una sala de estar o en un comedor; sino en la femenina intmicad de un cuarto de baño. En él transcurre una acción que tiene por testigos la muda complicidad del lavabo, la bañera y los azulejos. Entre ellos y nosotros hay -y hay sólo- el movimiento de las tres mujeres que en él mismo se encuentran y las

contigencias, risas, discusiones y diálogos que son la partitura de su conversación. Estrenada en el Teatro Alfil el 21 de septiembre de este año, la obra de McIntyre atrapa por su naturalista y próximo tono coloquial, y por el modo en que el espacio natural de lo cómico alberga también situaciones propias del conflicto trágico. Dos mujeres -una, en la bañera, y otra delante del lavabo- intercambian palabras entre sí. Hay ropa interior tendida y, como música de fondo, una canción. Las dos mujeres son por completo distintas: una es casi corsana: la otra ha sido velada. El sexo y la pornografía son objeto de comentario aquí, y la opinión de ellas no es en modo alguno coincidente: la que está en el interior de la bañera piensa que es el acto sexual “lo que hace que el mundo gire» y expone todas sus fantasías desde los »zapatos de tacón de aguja» hasta la idílica visión del locus amoenus de un yate con la correspondiente y adecuada compañía. Sale de la bañera, se seca y, con un albornoz, oculta y tapa su exacta desnudez. Se pesa y, atemorizada por el semáforo físico que es siempre la balanza, lanza unos grititos como angustiada expresión de horror. Duda entre la bulimia y la anorexia y define así su estado y situación: «ni doy asco no estoy buena» se dice. Con un lenguaje crudo y, en ocasiones, sórdido se contempla a sí misma y reconoce que «lo único que tiene grande es la cabeza». La obsesiva preocupación por el físico en una contrasta con el desdén a la cosmética que siente la otra. La tercera -que hace su aparición con las uñas pintadas secándosele- es una enciclopedia del cuidado corporal y no deja de ametrallar a las otras con sus constantes ráfagas de consejos prácticos: «nunca debes lavarte la cara», «hay que sacarle el máximo partido a lo que tenemos», «no valgo nada», «hay que gustarse a sí misma», y su universo verbal se extiende de «la sombra de los ojos» y «las bolsas de los párpados» a los problemas del cutis y la cultura de las uñas. Como contrapunto a lo que ella representa y es -la convención con todos sus tipificados atributos -la primera mujer lee un fragmento de un texto machista y pornográfico que a la tercera le parece «absolutamente asqueroso». La segunda mujer espía la vida de los otros, oye las discusiones matrimoniales de los vecinos y cree que la existencia es «vulgar, sucia, deprimente». Su discurso no puede decirse que sea feminista sino, más bien, que tiene una visión negativa de los hombres. La tercera inicia un relato que no llega a terminar porque se queda sola sin nadie que la escuche. Un oportuno oscuro nos introduce en la memoria de la segunda y en un episodio muy concreto y en el recuerdo que conserva de él: va con la falda en una bicicleta y «es de noche cuando pasan las cosas». Se escenifica así su relato -muy bien sintetizado- de la múltiple violación que sufre y que es acompañada de una música brutal. Lela -que así se llama la primera mujer- relata sus fantasías eróticas; Mari -que así se llama la segunda- sufre histeria a la hora de elegir su ropa, siente miedo, padece un contagioso nerviosismo y los gritos dan paso a una discusión. En ella Mari se descubre como filósofa: «somos lo que pensamos sobre las cosas» -dice, mientras las otras ponen toda su inteligencia en el lápiz de labios y preparan toda la estrategia disponible para la fiesta a la que las tres, juntas, van a ir. Se pasa así a una pista de baile, con música y luces psicodélicas, en la que cada una sigue manifestando su carácter y en la que cada una baila según es. El movimiento de los cuerpos parece paralelo al de los espíritus, y el relato del gorila que Mari hace, es en sí un grito expresionista, en lenguaje acerado, sobre el macho. El día siguiente al de la fiesta, el cuarto de baño vuelve a ser el lugar de reunión donde Mari y Lola comentan pormenores de la noche anterior. Su diálogo está lleno de colorido, hablan sin escucharse y hacen su personal dibujo del baile y de lo que en el pasó. Su recuerdo es distinto, informe: y desigual. Sienten su condición y contraponen lo serio y lo ridículo en un monólogo -el de Lola- pleno de humanidad. Por lo que dicen se sabe que Celia sí ha ligado y que ellas, no. A Lola le da un ataque de celos «muchas veces preferiría -dice- estar con cualquiera a no estar con nadie- «mi vida sería mucho más fácil si viviera con un tío». Ya esta confesión sigue una geografía descriptiva de es distintos géneros de hombres, con consiguiente catálogo y clasificación. El último movimiento se centra en tomo a Celia que aparece cantando después de una noche de amor y entra en conflicto con la situación de sus compañeras. Lola, celosa, la parodia en su paso del antiguo yo al nuevo «nosotros». Un monólogo de Lola sobre el peso y la llegada de Mari, que le pregunta por el coche. ponen fin a la acción. «Pánico Contenido» es una comedia hipérrea. más que naturalista, construida con acierto y montada, toda ella, sobre la mujer y sus vivencias, sus fantasmas y su tono confidencial. Tres mujeres hablan sobre las otras, sobre los hombres, sobre la mujer y sobre si mismas. La dirección de Calatayud es más ajustada que extrema. De las actrices destaca, y con mucho, Cristina Fenollar, a la que vimos ya bajo la batuta de Berlanga, en un sainete de Escalante y a la que vemos crecer, con su dicción y su mímica, en el papel de Lola aquí. Su interpretación se impone -como su papel- al de las otras y demuestra la actriz que está llegando a ser.

 



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