José Vicente Peiró
Las Provincias ·

En la orilla (2017)

La atmósfera de Rafael Chirbes La novela "En la orilla', del escritor valenciano, llega a las tablas del teatro Principal El montaje consigue escenas magistrales, llenas de dramatismo y dureza. La dirección da el tono exacto y equilibra las dificultades del discurso. No puedo negar haber sentido cierta desconfianza ante la adaptación teatral de una magistral y densa novela como 'En la orilla', del autor valenciano Rafael Chirbes (1949-2015). Pera las reticencias desaparecleron a los diez minutos del inicio porque Ángel Solo y Adolfo Fernandez han sabido transmitir con fidelidad la atmósfera de la obra con una sintaxis efícaz. Parecía Ímposible plasmar en estado puro toda su potencia narrativa y el mundo mental de los personajes ante la crisis de 2008 y sus efectos en las vidas, sin caer en el exceso literario o en el caos. Pero era posible. Coproducida entre otros por la Diputación Provincial de Valencia y la compañía La Pavana, la creación se centra en la tragedia de Esteban, un carpuitero que narra enn 'flashback' los episodios que provocaron su situación actual en la ruina por el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, y cómo afectó a su convivencia cotidiana con su padre postrado en una silla de ruedas, sus amigos y sus trabajadores. Pero, como bien citó Chirbes, la crisis fue la consecuenda de la falta áe ética y la corrupclón individual; solo transformó a los 'triunfadores' en perdedores y dio visibilidad a un tejido social materialista y sin principios morales. La escenografía móvil de Emilio Valenzuela ambienta con sensacíones y ubica con proyecciones ¿e fbndo las escenas en espacios como la albufera del imaginado pueblo costero alicantino de Olba o la carpintena, hundida tías la mala inversión inmobiliaria. En los marjales aparece un cadaver y a partir de ahí se depliega la evocación de Esteban para justificar el porqué de su último acto, Por el monólogo fluyen sus relaciones con los amigos Francisco y Justino, el recuerdo de su antiguo amor Leonor, el socio cínico Pedros, y los trabajadores afectados, sin caer en arquetipos y lugares comunes, con el apoyo de la iluminación oscura y filtrada de Pedro Yagüe y el coherente vestuario de Blanca Añón. El elenco solvente y experimentado transmite los significados derivados de sus conductas, con algunos actores interpretando a varios personajes. Magistral como siempre César Sarachu como Esteban -aunque el espectador convencíonal pueda discutir su tono- y muy eficaz y expresivo el resto, donde lucen por su gian fuerza el valenciano Rafael Calatayud y la alicantina Sania Almarcha. La dirección de Adolfo Fernández, también intérprete de Pedros, da el tono exacto, equilibra las difícultades del discurso, la atmósfera decrépita y los diálogos, subrayando las diferencias entre los personajes. Consigue escenas magistrales, llenas de diamatismo y dureza, como la del despido de la asistenta colombiana Liliana mientras ducha al padre al no poderle pagar, carente ella de la misma generosidad que Esteban le brindó, las disputas entre los tres amigos o el prodigioso final. Un conjunto inteligente, con toques escénicos a lo Mayorga, que plasma la idea fundamental de la novela de Chirbes; vivimos en el fango de la orilla de un marjal entre actitudes opuestas que se interfíeren en el amor, el sexo, la muerte, la explotación laboral, la corrupcion, la honradez, la coherencia ideológica, el materialismo, el egoísmo y la podredumbre ética. En un mundo donde somos culpables de nuestros actos victimas y luego víctimas. Rafael Chirbes estaría orgulloso de un resultado teatral ta convincente.

Text de tercers reproduït tal com es va publicar.